domingo, octubre 10, 2010

FIDELIDAD A LA PROMISCUIDAD



SIENDO ESTE ESCRITO QUIZÁ DIABÓLICO, TRATO DE COMPENSARLO CON DOS GENIALES MUESTRAS DE ARTE DIGITAL DE MIS NIETAS, BIANCA Y JULIANA, 9 Y 3 AÑITOS.

FIDELIDAD A LA PROMISCUIDAD
Mi confidente, Carlo C., me refirió casi de manera textual lo siguiente, en la mesa de Porto di Nápoli, un viejo café del puerto de Nápoles, mientras intentaba adormecer su dolor, emborrachándolo con vino espumante.
“-Lo mágico de amar, es que uno cree amar más de lo que ama. Y espera ser amado más de lo que amamos. Y más de lo que por lógica creemos merecer.
El amor es muy mágico, maravilla única en el Universo entero. Pero no debe haber una especie inteligente, que goce tanto y se sacrifique tanto por amor.
En el sacrificio están incluidos los animales. Los leones, como tantas otras bestias, se matan entre ellos, por el amor de las leonas. Es este un terrible jardín de infinitas y malditas espinas, donde a veces encontramos algunas rosas. Aunque medir el amor es imposible, pues no existe el método, ni la computadora capaz de analizar lo digno de amar que es cada persona. Necesitamos en determinados momentos de nuestra vida, amar y ser amados. Es sobre todo, algo hormonal, genético. Borges cuando dijo: -No los une el amor, sino el espanto – quizá tenía razón, a veces nos une quizá el espanto de la soledad. O el pánico de no trascender para los demás. La vida es siempre apenas un segundo que transcurre como si durara días, meses, años o siglos, pero es apenas una alucinación de nuestros sentidos.
Por eso te cuento como en un segundo, la vi y la amé. Era realmente bella. Me enamoré quizá de su rostro pequeño, mezcla erótica de niña dulce e ingenua, y promesa de pasión sexual irrefrenable. Su tez blanca, suave, perfumada por ese olor a leche que tienen algunas mujeres, enmarcada en
Largos bucles ya fuera de moda, pero tan fetiche de lo femenino, hicieron en mi masculinidad, el efecto de una explosión. Allí se mezcló en un caos imposible de describir, adoración, amor platónico y sexo exasperado, impaciente. Eso incluía la necesidad de enamorarme hasta la muerte. Sabía de con anterioridad de la carga dura, eterna, que es esa manera de amar. Quizás nunca supo cuanto la amé. Aunque tal vez lo que fue más fuerte en mí de ese amor, fue el deseo. Ella era de las que se entregan al sexo sin importarle demasiado si era querida o no. Le alcanzaba con amar, con entregarse de manera total. Su felicidad era dar placer a los demás. Pero pese a esto, no era promiscua. Era fiel por etapas. Cuando dejaba a un hombre, no era porque ya no lo amara. Lo hacía porque había encontrado a otro al cual suponía más atractivo. Para ella el nuevo amante siempre era superior al anterior. Aunque tenía la delicadeza de no hacérselo saber al desplazado. Trataba de que él fuera quien la dejara.
Para eso utilizaba toda su sutil intuición femenina. Cuando comenzaba a presentir que el futuro nuevo le gustaba más, ponía en marcha sus perversos y malditos mecanismos de escape. Uno entre tantos, era comenzar a usar ropas ridículas, que le que no la favorecieran. Se aparecía con ruleros y crema de belleza en su carita de ángel. Pese a todo, era difícil que algo le quedara mal a su belleza infinita.
Pero su principal arma, era ponerse como dirían los españoles, muy, demasiado cachonda. Le exigía a su amante más y más placer sexual. Tanto ofrecía, como reclamaba. Eso al principio exaltaba la vanidad y la lujuria de cualquiera. Pero en la medida que los requerimientos eran más y más, casi
diría salvajes, perversos, la víctima comenzaba a flaquear. Si algo inmoviliza la capacidad de amar masculina, es no poder cumplir con el requerimiento sexual de una mujer demasiado hermosa. No hay nada peor para aniquilar el orgullo de un hombre, como deber explicar en el lecho, una falla en su virilidad.
La muy maldita enamoradiza, aprovechaba esta circunstancia, para pasar por víctima.
-Ya no te gusto más, debés tener otra mujer –era una de sus repelentes armas-excusas.
Eso lo hacía llegar a uno a un punto donde no se atrevía a revelar la verdad. No se confiesa la impotencia ante tanta maravilla sexual femenina, sin sufrir un menoscabo horripilante. Todos hemos preferido decir que no la amábamos más. Era duro abandonarla, pero esta vanidad masculina es más fuerte que nuestras pasiones eróticas. De hecho, es la más fuerte de ellas. Por algo nos hacemos matar en una pelea o en una guerra, con tal de no reconocer ante una mujer, nuestro pavor a luchar, sufrir y morir.
Esta es la historia que deseaba contarte. Por eso quisiera aconsejarte que la dejes, antes de que ella te obligue a dejarla, hiriendo de muerte tu orgullo, y tu salud mental y física, querido amigo. Así, además, vengarías a nuestro sexo.
Así podés llegar a lograr que por primera vez, sienta en carne propia el infernal trauma del abandono. De esa forma, quizás la tengas a tus pies, para siempre. Para las mujeres no hay un afrodisíaco más poderoso, como un hombre que se le escapa”
Esto le dije, palabra más o menos a Baltasar, mi mayor amigo, casi mi alter ego. Deseaba salvarlo del insondable infierno de ser desechado por esa diosa del erotismo. Como lo suponía, fue inútil. Belcebú es demasiado astuto y poderoso como para dejar escapar a una sola de sus víctimas, una vez que le inoculó el virus de la pasión erótica.
Mi amigo creyó que le mentía. Es más, se enemistó conmigo. Me acusó de intentar separarlo de ella por celos, para ocupar yo su lugar.
En el fondo de su alma él sabía que yo no lo engañaba. Como eran compañeros de trabajo conocía a muchos de quienes habían pasado por la vida de ella.
¿Pero quién se atreve a ponerle el cascabel al demonio transformado en el gato diabólico que controla el amor-pasión?
CUENTO PUBLICADO EN MI LIBRO "AMORES LOCOS Y DABÓLICOS"

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