martes, junio 14, 2011

¿AMAR AL DOLOR ES LA FELICIDAD?

¿AMAR AL DOLOR ES LA FELICIDAD?




Sufrir es feo. Chocolate por la noticia. Pero si esto es una verdad grande como el universo, ¿ cómo hay montañas rusas, artículos para sexo masoquista, deportes como box, fútbol americano, rugby, turismo de aventura, montañismo, voluntarios para ir a la guerra, kamikases, fumadores empedernidos, monjas de clausura, maestros vocacionales que trabajan pese un sueldo miserable, madres solteras, médicos sin fronteras, fanáticos de equipos eternamente perdedores y demás fauna masoquista? No lo sé… me gustaría dilucidarlo, pero me imagino muy ardua la tarea. Quizás todo comience cuando en el colegio, nos pusieron por las nubes a los héroes de la patria. Y luego todos quisimos emularlos. Pero no todos los días hay un país para liberar, o una cordillera para cruzar con un ejército. Y muy pocos pueden imaginar siquiera, sin llegar a delirar, llegar a gobernador, ya no a Presidente. ¿Qué puede hacer uno para compensar eso? Muy poco. Apenas algunas de las mini hazañas enunciadas antes. Hay otra variante de masoquismo… a nadie le gusta pasar por una mesa de operaciones, ser asaltado, estar enfermo de algo feo o sucesos similares. ¿Y qué hacemos todos, una vez pasado algún tiempo de tan dolorosos sucesos? Recordarlos como los sucesos más divertidos de nuestra historia. En esto hay una evidente intención de mostrar nuestro espíritu heroico. Se puede así, rememorar entre pullas y carcajadas, sucesos que maldito si en su momento nos arrancaron siquiera una sonrisita anémica. Cualquiera presenció duras disputas, dirimiendo con fiereza digna de mejor causa, quien la pasó peor en un accidente de autos, o quién recibió más puntos de sutura en una pelea a puñetazos, o quién sufrió más en un parto. Esta es una teoría. Otra puede ser la certificación del hecho de ser el masoquismo, algo más que una enfermedad psíquica o un vicio con implicancias sexuales. Podría ser, siendo el mundo algo tan dramático, donde existe tanto dolor, enfermedad, muerte, violencia y tantas otras porquerías, que vengamos a sufrir, como dicen los pesimistas. Y el placer, los goles de tu equipo y los besos de tus hijos o de tu perro, son nada más una especie de zanahoria puesta delante nuestra, para hacernos tirar del carro de la vida, con ingenuidad, para hacernos viajar a los golpes, en la carretera llena de baches demasiado profundos y llenos del sucio barro de la existencia. Pero no estoy seguro de este razonamiento. En realidad no estoy seguro de nada, ni siquiera de mi inmensa inseguridad. Quizá el amor de mis mujeres, mi madre, mi esposa, algunas novias, mis nietas, sean un acicate para desearme gozar la vida, tantas veces como yo pudiera volver a vivir de nuevo.

Creo en algo distinto, que nos juega en contra, en la búsqueda de LA FELICIDAD. Esto nos hace, igual a los jugadores de fútbol, eternos perdedores de goles, por apresurados. Supongo que somos víctimas de nuestra estúpida y letal impaciencia. Y todas las cosas de la vida, tienen todo un intrincado, y muy encriptado ritmo secreto, misterioso, sólo descifrable entre los dueños de la varita mágica de la serena paciencia, y de su magnífica hija, la sabiduría. La tan ansiada felicidad, palabra sin verdaderos sinónimos, porque se le exige perfección -de otra manera los tendría, como prosperidad, fortuna, placer, alegría, comodidad, optimismo, salud, placidez, abundancia, seguridad, júbilo, goce sexual- pero todos estas palabras son sólo eso, palabras. O sea puntos de vista. Y como todo lo de este universo, pasajero. Y LA FELICIDAD no es un lugar donde quedarse a vivir, ni siquiera a dormir una siesta. Es una especie de un motel para parejas, donde incluso, pero muy raramente, hasta pueden estar varias personas juntas -aquí no importa ni el sexo ni la edad-.

Es un camino a recorrer, andando en bicicleta, manteniendo el equilibrio, sin dejar de pedalear muy duro, aunque sea muy cuesta arriba y con viento en contra. Y esperar serenos, las caídas, pues ellas vendrán seguras, algunas terribles, otras suaves. Y es saber anticipar como cada uno de esos golpes, nos van a enriquecer. -Maldito ese enriquecimiento - dirá usted.

-Para semejante fortuna, prefiero ser pobre -. De acuerdo. Pero no hay ninguna posibilidad de evitar este largo bicicletear por la vida. Y es de sabios, aprovechar todas las circunstancias encontradas a lo largo del camino, incluidas las terribles. Y aunque lo creamos muy doloroso, nos olvidamos muchas veces de las infinitas probabilidades de ser felices habidas en cada minuto, en cada tramo. Podemos, según nuestros gustos, ver jugar a un niño o volar a una mariposa, darle una palabra de aliento a alguien necesitado de ella, dar o recibir un beso, comer un helado, hacer un gol, recordar algo placentero, ponernos un vestido nuevo... Como podrá apreciar, la lista es inagotable. Y esa es la FELICIDAD, así con mayúsculas, en letras negritas, destacadas. No será felicidad algo al cual le pidamos algo muy difícil de mantener mucho tiempo. Ello nos provocaría una perpetua desdicha, por el terror a perder la gloria conseguida. En cambio es perpetua felicidad, saber atrapar todas las pequeñas felicidades que pasan volando cerca de nosotros, mientras nos encaminamos a encontrar LA FELICIDAD grande. Y sabiendo que la grande, es la suma de las chiquitas, como los ladrillos construyen paredes y también palacios. Y OH, casualidad, son las mínimas circunstancias cotidianas, las capaces de estar a nuestro lado a cada rato, en cada instante, todos los días de nuestra vida, como que nos sonría alguien, regalándonos la mágica cosecha de sus frutos, abonados por la inteligencia de saber darse cuenta de ellas.

Y volviendo al principio de nuestra charla, pareciera que la humanidad, amara al dolor. Le piden a los chanchos gordos que pesen poco. Se cierran los ojos frente a la realidad y se la ignora. Por eso se intentan solucionar los problemas, mediante el alcohol, cocaína, marihuana y las demás drogas, como dinero, poder, sexo desaforado. Nadie se equivoca a propósito, nadie se pega adrede en el dedo, cuando le apuntó al clavo. Sin duda se busca el éxito. Pero se lo suele buscar mal, donde no puede estar jamás. Es un problema de enfoque. Vemos lo que queremos ver, no lo que está delante de nuestros ojos.

No es masoquista nadie por vocación. Lo es por ver fracasar a los demás en su búsqueda de LA FELICIDAD, por los caminos trillados, llenos de piedras. Entonces hace la heroica. Busca, al ver que se acaba el tiempo y está perdiendo nueve a cero, meter diez goles, en dos minutos. Y por supuesto, sólo tira pelotazos frontales, nada del toque sutil de los grandes jugadores de la historia. Busca por cualquier lado. Se dice “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Pero olvida cuanto mejor es ir por un camino asfaltado, a ir por el barro, “haciendo caminos”, aunque esa autopista pueda llegar a conducirnos al infierno. Y todas las cosas de la vida, tienen un número secreto, un código hermético, al cual se accede con una única llave. La exacta. Y las ganzúas, solo las pueden usar los cerrajeros muy, pero muy expertos. Y el tipo se equivoca una vez más. Se apresura. Y con la pitada final, como en el básquet, desde su aro, tira al otro aro, buscando el triple salvador. Pero eso es para Michael Jordan, no para uno, que ni es negro, ni mide dos metros quince, y ni siquiera embocó un simple doble. Y para colmo, está en un potrerito embarrado, donde se juega al fútbol, con dos montoncitos de ropa como arcos.

Y LA FELICIDAD estaba ahí, donde no la supimos ver, y ahora sólo nos queda poder reciclarla, diciendo:-Bueno, que lindo pudo haber sido -, o -Que lindo fue.

Por eso, cuando vea a la próxima mariposa pasando cerca suyo, tenga a mano la red, para atrapar a las pequeñas felicidades, que siempre pasan... sólo hay que tener los ojos bien abiertos.

Un beso en Cilencio.

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