lunes, junio 13, 2011

VIVA LA DIFERENCIA

VIVA LA DIFERENCIA


Muchas mujeres quieren ser iguales a los hombres. Muchos hombres adoptan costumbres femeninas. A las primeras les dicen feministas. A los segundos los llaman de formas poco afectivas, como gay, maricas, travestis.

Feminista no es un adjetivo que en boca masculina, sea laudatorio. Se lo dice como una especie de insulto. Roza, cuando no forma parte, de la palabra lesbiana. Tortillera, , camionera, entre otros términos agresivos, para el vulgo.

Las mujeres no comprenden a los hombres. Estos ni idea tienen de cómo son las mujeres. Los sexos no se comprenden ni un poquito así. Pero ambos se ufanan de saber bien como son sus rivales. Porque en realidad, son rivales. Y mucho. Se viene combatiendo en una guerra cruel -estúpida como todas-, desde cuando hubo un hombre y una mujer en el planeta Tierra. Hasta aquí es un empate. Aunque ambos bandos creen estar perdiendo.

Ellas dicen ser discriminadas, traicionadas, golpeadas, dominadas, incomprendidas.

Ellos afirman que el enemigo es falso, estúpido, taimado, histérico, infiel, demasiado astuto, incomprensible, sofisticado, entre otros términos poco elogiosos, y al mismo tiempo, contradictorios.

Ellas afirman hacer el amor, y no la guerra. Pero se enamoran de los chicos malos. Del guerrero, del campeón de box, del torero. Sobre todo de quien no corre detrás de ellas y sí las patea. A quien las persigue, le dicen baboso, entre otros epítetos degradantes. Les piden a ellos que las traten con suma delicadeza, y cuando encuentran uno que hace eso, lo observan con desconfianza, y sospechan de su virilidad. Quieren que las ayuden en lavar los platos y demás tareas del hogar, y si alguien lo intenta hacer, es sacado a empujones de la cocina, porque “molesta”.

Ellos dicen que ellas sólo sirven para la cama y la cocina, pero viven pensando como seducirlas. Trabajan como burros de carga, para tener el auto más caro y la mejor casa posible; van al gimnasio para tener músculos fuertes, y pelean a golpes con otros rivales por el amor de una de ellas, como si esta fuera la única mujer del planeta valiosa, aparte de la mamá de él, claro. Hasta van a la guerra, aunque muertos de miedo, para que ninguna mujer los crea cobardes.

Las féminas abominan de los hombres como especie. –Salvo mi papá, todos son iguales, unos tal por cual- suelen decir en público, pero viven preparándose desde casi la cuna, para amar y ser amada por uno, para toda la vida. Se visten, se peinan, se maquillan, se llenan de adornos, van al cirujano plástico y hacen dieta hasta llegar a la anorexia, para conquistar al Príncipe azul, soñado desde el primer cuento de hadas que les leyó mamá.

Ellos suelen opinar que son demasiado promiscuas, sensuales, provocativas. Afirman su preferencia por las serias. Pero las Pamela Anderson, entre otras profesionales del sexo, los vuelven locos. Tanto como para gastar hasta lo que no tienen, para comprar -mejor dicho alquilar-, sus favores. Mientras tanto las chicas inteligentes y serias, ni son miradas, salvo si adoptan las costumbres y el aspecto de las mujeres alegres y tontas.

Una vez cruzada la línea inteligente-seria - prosti-taradita, ya no las dejan volver, por considerarlas unas p... de m..., unas taradas y reventadas. Esto es considerado así, aunque ellos hubieran hecho esfuerzos inauditos para que crucen la frontera.

Las mal llamadas sexo débil –viven más y son más sanas que sus rivales-, opinan que ellos son un mal necesario, porque peor es nada. -No saben tener ni querer ninguna responsabilidad, cuando se separan, no pasan plata para los hijos y “sólo piensan en eso”- afirman convencidas

Luego de prepararse toda su juventud para casarse o formar pareja, previo conquistar tras seria y dura lucha contra sus colegas de sexo, a un peor es nada, lo primero que hacen es comenzar a verle los defectos. Estos no fueron vistos en la etapa del enamoramiento porque no hay peor ciego que quien no quiere ver. Una vez desmembrado el peor es nada, comienzan los planes para el divorcio. ¿Y si no de que vivirían los abogados que no pudieron ingresar en la política?

Pasada esta tan terrible prueba -el casamiento y su posterior divorcio-, dicen -Voy a recomenzar mi vida-. O sea, van a hacer todo igual a la etapa anterior, pero queriendo tomar algunas precauciones.

-Voy a buscar a alguien con los pies sobre la tierra, seguro, maduro-. Acaban atrapando a otro, víctima también de pasar problemas similares, con dos hijos que mantener de la anterior pareja.

Si el nuevo candidato fuera como ella espera, ¿por qué diablos se separó de la otra? Mejor dicho... ¿por qué diablos la otra se separó de él?

Pero ella decide que este ya maduró y si le falta algún retoque, ella lo va a hacer cambiar, para transformarlo ahora sí, en el tan soñado príncipe azul.

El príncipe azul -se había prometido no reincidir en formar pareja-, termina cediendo ante la inconmensurable presión de ella y vuelve a cometer el mismo error.

-Es una mujer que sufrió mucho; su ex no supo apreciarla–le cuenta a un amigo, que lo escucha sobrador, diciéndose: -A mí estas cosas no me van a pasar-.

Al año siguiente el otro, le sale de testigo de casamiento. Dos años después, de testigo para el divorcio. Pasados otros dos años, el segundo le presta plata al primero, para tramitar el divorcio nuevo y alquilar un depto de un ambiente.

¿Qué hace ella luego de la segunda debacle? Frena, a veces para siempre, sus ansias de pareja permanente. Se dedica a los hijos y a los dos trabajos para poder mantenerlos.

-Entre mis dos ex, no aportan casi nada para los chicos- le cuentan a quien quiera oírlas, para desahogar su angustia y odio antihombres. Aunque sin saberlo de manera consciente, no cejan de dejar un lugarcito en su ilusión, malherida, pero no muerta, de “rerehacer mi vida de nuevo”.

¿Qué hacen ellos luego del segundo derrumbe? -A mí no me agarran más, son todas iguales, interesadas, astutas, histéricas -le cuentan a un amigo-. Y esta vez suelen decir una verdad. Se dedican a “reventar” todo lo del sexo opuesto que puedan lograr. Claro, siempre y cuando no aparezca otra capaz de hacerles decir

“-Esta vez sí voy a rehacer mi vida, pero poniendo sobre la mesa todo lo que aprendí sobre los hombres”-, y él termine diciendo “ -La tercera tiene que ser la vencida... Voy a probar de nuevo”. @

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