martes, noviembre 09, 2010

¿PRÍNCIPE AZUL?



ELLA ES LA PROTAGONISTA DE ESTE RELATO, DE MI LIBRO "AMORES LOCOS Y DIABÓLICOS".

EL AZUL, CONTIENE CIANURO

Oí decir que el amor no es buen marino. Es verdad. La distancia aplaca los ardores de la pasión erótica. Pero por una de las tantas ironías de la vida, tampoco es bueno enamorarse de un marino, por más bueno que este parezca o incluso lo sea.
Eso lo sabe ahora Martina, la muchacha más dulce que conocí¬ en mi vida, y es probable que en la de muchos.
Los pueblos muy machistas, producen, por venganza, mujeres muy castradoras, pero este no es el caso.
También producen por contraste, mujeres como Martina. Lo ví en Chile, México, Paraguay, y en casi toda América latina y también en Italia, España y aquí en Argentina, sobre todo en la provincia de Corrientes.
Como todas las muy sensibles, era por lógica, también muy romántica. Soñaba con aquel príncipe azul del cuento que más daño les hizo a las mujeres, sobre todo a las humildes, La Cenicienta. Les hizo creer ya desde niñitas, que el amor y la felicidad, es un tonto príncipe muy bonito, con todo su poder heredado de su papi, pero no creado por sus manos ni por su sudor. O sea un pavote sin calle, que vivió encerrado y protegido por los papis y el poder económico de su entorno, sin calle ni dolor. Y para mayor daño de las febriles e ingenuas mentes femenina, ese maldito cuento se reproduce su estructura Muchacha buena- chico rico y lindo-amor-matrimonio-felicidad eterna, en una inmensa cantidad de telenovelas, películas, novelas y otras porquerías románticoides destinadas a las del género amoroso y enamoradizo. Cuando uno de estos bellos seres encuentra a un ser del género masculino con estas aparentes cualidades, ellas suelen arremeter como lebreles famélicos, persiguiendo a una liebre.
Esto le pasó a Martina. Fue de vacaciones con su amiga Aldana a Mar del Plata. Entre las mujeres, los pares suelen atraerse. Si no cree esto, trate de recordar a dos amigas que sean muy disímiles, sobre todo en lo corporal. Martina y su amiga eran muy parecidas, tanto en lo físico como en su personalidad. Paseando por el puerto, en busca de mariscos para almorzar, conocieron gracias a la influencia en sus destinos del Anticristo, a un muy bonito muchacho. Supieron por boca del bonito Príncipe Azul, que era dueño de un aun más bonito yate, de unos treinta metros de popa a proa, al cual se hubieran almorzado con mucho gusto. Hablo del muchacho, no del yate. Este blondo príncipe azul, era brasileño, y andaba a la caza de piezas femeninas, distintas a las de su país. Sus armas eran su presencia digna de un galán de telenovelas, su yate y una facilidad de palabra en portugués y castellano, digna de un poeta.
Tanto Martina como Aldana, ante la invitación del príncipe azul a navegar una mañana en su yate real, tardaron tanto en aceptar, como una golondrina tarda en divisar un insecto mientras vuela y devorarlo.
La competencia entre ambas por seducirlo durante el viaje, fue intensa hasta lo increíble. Tanto como para convertir una larga amistad desde el jardín de infantes, en algo símil a un guiñapo sangriento, resto de una víctima de una guerra nuclear.
Ambas creyeron haber triunfado. Pues recibieron, en secreto, a solas y como si la otra quedara excluida, la invitación para ir a la noche siguiente a realizar un crucero hasta el Delta del Paraná.
Ambas aceptaron, aunque con algo de culpa, pero no demasiado, porque deberían dejar sola a su amiga del alma.
Al llegar al barco, las dos resultaron muy sorprendidas al enterarse de que para el viaje maravilloso, en compañía del rubio Príncipe Azul, ellas dos eran “la única” elegida. Al verse ahí, quedaron defraudadas y con los típicos sentimientos de culpa femeninos.
Pero un Príncipe Azul no se encuentra todos los días a la vuelta de todas las esquinas. Martina y Aldana decidieron, de común acuerdo, realizar el crucero, aunque hubieran perdido la maravillosa exclusividad que creían tener.
No eran bobas ni valientes y sabían que podía haber gato encerrado en el convite, pero decidieron ya que estaban en el baile, arriesgarse. La inteligencia, queda anulada ante el enamoramiento, usan ambos la misma parte del cerebro... Por eso siempre se dijo que el amor es loco y tonto.
-Un Príncipe Azul con un yate tan grande, aparte de no conseguirse muy seguido, menos se lo voy a dejar a ella –pensaron palabra más o menos, Martina y Aldana. Si no hubiera mujeres que hagan estas estupideces de arriesgarse, y decidan ser valientes y confiadas, no existirían las películas de suspenso donde las pasan muy mal. Lo malo es ver como también hacen eso en la realidad. Siempre digo que para vivir, las mujeres son mucho más prácticas, pragmáticas e inteligentes que los hombres. Salvo cuando se enamoran. Sobre todo cuando se idiotizan por un tipo cuando lo consideran demasiado hermoso. Y eso debe ser obra de Belcebú, el especialista en humor negro más ingenioso del Universo. Este fue el caso de Martina y Aldana.
En el crucero, pronto se dieron cuenta de que aparte del Príncipe Azul, y la tripulación, habían sido invitados otros Príncipes Azules más, todos brasileros y amigos del príncipe dueño de la nave.
Muchísimas personas ni siquiera saben que es una orgía; muchísimas más, lo saben, pero nunca participaron en una. De quienes saben como son, por el cine o los libros, muchas quisieran haber estado o llegar a estar en una. En realidad, muy pocas llegan siquiera a presenciar una. Bien, Martina y Aldana, estuvieron en una, siendo las invitadas principales. Y con el privilegio de ser las únicas damas.
Esto me lo contó Martina, llorando a moco tendido. Y ella no llevó la peor parte. Aldana se llevó nueve meses después, un recuerdo al cual bautizó Juan Pablo.
No voy a decir que ahora Martina es una monja de clausura, porque exageraría. Pero sus costumbres ante el sexo muy opuesto, cambiaron muchísimo. Ahora además sabe que los Príncipes Azules, sólo existen en los cuentos de hadas. Ya a las mujeres de Afganistán, no cree que fueron víctimas del fundamentalismo talibán. Ellas que cuando salían a la calle, además de muy tapadas con el share, lo hacían siempre acompañadas y protegidas por un varón de la familia.
-Eran unas minas prudentes, dignas de imitar –opina ahora ella. Aldana opina.
Y medio en broma, medio en serio, pensaron muchas veces en usar el share, ese manto-capucha con la especie de reja que impiden verles los ojos a las musulmanas. De paso ocultarían bajo de la prenda, una ametralladora, para evitar problemas si se encuentran con alguien capaz de aspirar con ellas, a ser un maldito Príncipe Azul. *

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