jueves, agosto 19, 2010

NO CREO QUE ME PUEDAN REFUTAR...OJO, HABLO EN PROMEDIO

Mujeres cachondas

Las mujeres creen que somos unos calentones, que somos pensamos en eso. Pero lo lamento, y me voy a hacer odiar por los seres que más amo, desde que aprendí a amarlas, comenzando por las tres primeras novias que tuve, y con las cuales jamás llegué a nada serio. Bueno, debo reconocer, que de puro histérico, nunca intenté llegar a fondo. Tuve una novia que se llamaba Fany, judía ella, era rubia como el sol del verano, delgada, ingenua, más alta y de más edad que yo. Luego otra que era bellísima, de bucles en tirabuzón, negros como el tiempo que no volverá, y de tez blanca, como su pureza de alma y un rostro perfecto, como nunca lo tuvo otra novia mía. Pasando por la primera mujer a la que le prometí casamiento, y a ella no se lo cumplí.
Fany tenía tres años, yo dos y medio,
De la otra, no recuerdo el nombre, pero éramos muy jóvenes, fue en primer grado inferior, seis años cada uno, y la muy tonta, nunca se enteró de que era mi novia, porque nunca se lo dije, claro. Histérica, como todas las mujeres muy jóvenes. Y la tercera a la que no le cumplí mi promesa de casamiento, Leoní, mi mamá… se lo aseguré a los cinco años, y después la vida me llevó por caminos llenos de vericuetos, por ríos plagados de meandros, y en la juventud se olvida todo demasiado fácil, ante el deslumbramiento de sucesos y emociones nuevos, como jugar todo el día a la pelota, leer todos los libros que me cayeron en las manos, que estaban en mi casa y eran muchos y en la librería de mis tíos, Muchadaâ hnos., en Rivadavia y Boedo, y todas las historietas que me dejaba leer Manolo, el diariero de la esquina de Miralla y Rivadavia, frente a la plaza Ejército de los Andes, en un mundo mítico, que se llamaba Villa Luro, que ya no existe, donde después conocí a mi compañera de tranvía, Betty -a esa si le cumplí lo de casarnos -y donde se crió también Alejandro, mi hijo.
Vuelvo al tema, ustedes viven diciendo que somos unos sexópatas, y con esa fama, para disimular, tratamos de acostarnos con todas. Y si lo conseguimos y formamos pareja, adiós, ya no hace falta demostrar más nada, y entonces ustedes son las que quieren guerra todo el tiempo, y nosotros ver fútbol por el cable. Sepan señoras y señoritas, que el Príncipe de la Cenicienta, cuando se casaron, fueron felices, porque el tipo no trabajaba, el que reinaba era el padre, y él se la pasaba panza arriba, en la cama, y la que se le tiraba encima era ella. El tipo nunca pagó un pagaré, ni se quedó sin trabajo, porque no tuvo nunca ninguno, era príncipe, y para colmo de cuento de hadas. En la vida ustedes tienen un tema sólo, el amor, la pareja, hasta que les vienen los hijos, y entonces les empieza el “hoy no querido, me duele la cabeza”. Pero además quien quiere tener un coito, con un señor que no se bañó, ni se afeitó, que está estresado por la economía, y porque ve mujeres increíbles por la calle y ni una es de él. Y el pobre infeliz está casado con una pobre mujer que lo aguanta a él, porque ya invirtió demasiado esfuerzo y tiempo en estar juntos, y con dos hijos, embocar a otro, que valga la pena, va a ser más difícil que ganar la lotería. Pero eso sí, algunas compran Cosmopólitan y siguen buscando guerra. Pero esas son todas separadas. Ya me hice un lío, pero pongo un solo ejemplo y me voy a trabajar. Ya lo dije y todos los saben. El clítoris tiene como diez veces más terminaciones nerviosas que el hermano mellizo, el pene, y ustedes cuando besan cierran los ojos, porque vuelan, nosotros no.
Chau, un beso enorme... las quiero, pero se los dije y se los repito… Somos menos cachondos que ustedes.

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